Por José Anastasio Urra Urbieta (*)
La ciencia, el conocimiento y la tecnología, que son las herramientas sobre las que podríamos, y deberíamos, apalancar el formidable cambio sin precedentes al que nos enfrentamos, en la actualidad están siendo controladas políticamente, mercantilizadas y presas de un oportunismo exacerbado.
Resulta sorprendente comprobar la generalización de instituciones
mundiales y personas que entonan el mantra del crecimiento económico,
sin considerar sin embargo las restricciones físicas de tal crecimiento
en una biosfera finita y limitada, como solución a todos los males
socioeconómicos de nuestro tiempo, desde empresarios, gobiernos y
políticos a personas votantes de todas las tendencias políticas en todos
los territorios, pasando por los principales sindicatos mayoritarios.
No menos asombroso resulta el creciente número de instituciones y
personas que, ante los problemas socioeconómicos y ecológicos que
atravesamos, confía casi ciegamente, en alarde de verdaderos actos de
fe, en la ciencia, el conocimiento y la tecnología como motores de ese
crecimiento y piedra filosofal frente a todas las penurias y retos.
Sin embargo, si consideramos los grandes retos a los que nos
enfrentamos, el cambio climático antropogénico, la sobrecarga de los
ecosistemas, y la crisis energética, y, al tiempo, el estado actual de
la ciencia, el conocimiento y la tecnología, estamos jodidos, doblemente
jodidos.
Sin siquiera entrar a valorar las restricciones que el cambio climático antropógeno o la sobrecarga de los ecosistemas están ya introduciendo en todo nuestro planeta, y que solo van a aumentar en las próximas décadas, la Agencia Internacional
de la Energía (IEA, por sus siglas en inglés), como es sabido, o
debería, reconoció explícitamente por primera vez en su informe World Energy Outlook de 2010
que el “pico” mundial del petróleo, o momento a partir del cual la tasa
de producción mundial de petróleo comienza a declinar
irreversiblemente, se produjo en el año 2006. En el World Energy Outlook de 2013,
la IEA ya afirma que, en ausencia de inversión adicional [sic], en 2035
nos tendremos que “apañar” con una producción de petróleo de un escaso
18% de la disponibilidad actual, que roza los 75 mbd (millones de
barriles diarios). Considerar el cambio climático que ya hemos
provocado, la ecológicamente insoportable presión de nuestro modelo de
desarrollo económico sobre los ecosistemas, y el “pico” del petróleo,
como no lo estamos haciendo, supone aceptar que estamos jodidos, pues
con tales restricciones y escasas posibilidades de sustitución
energética, muchas cosas deben cambiar en muy poco tiempo para que en
pocos años podamos organizarnos socioeconómicamente sin caer en un
colapso civilizatorio, ya iniciado por otra parte, insalvable.
Pero si frente a la realidad de tal escenario consideramos
adicionalmente el estado actual de la ciencia, el conocimiento y la
tecnología, estamos doblemente jodidos. Y lo estamos porque la ciencia,
el conocimiento y la tecnología, que son las herramientas sobre las que
podríamos, y deberíamos, apalancar el formidable cambio sin precedentes
al que nos enfrentamos, en la actualidad están siendo controladas
políticamente, mercantilizadas y presas de un oportunismo exacerbado,
prostituyéndose así al Business As Usual, o al “más de lo mismo
que nos ha traído hasta aquí”, y generado una burbuja científica y
tecnológica, similar a la burbuja económica y financiera que ya
conocemos, que en un futuro no lejano muy probablemente solo puede
reventar.
En este sentido apuntan las recientes declaraciones en Financial Times
del profesor de la Universidad de Manchester, y ganador del Nobel 2010
en Física por su descubrimiento del grafeno, material tan de moda, Andre Geim, cuando nos alerta de que “Temamos, temamos mucho, la crisis tecnológica” en que nos hemos ido instalando durante las últimas décadas. Con motivo de la celebración del Foro Económico Mundial de 2012 en Davos,
Geim describe cómo la creciente mercantilización del conocimiento
científico y búsqueda del beneficio rápido en detrimento de la
investigación científica pura, o de base, durante las últimas décadas
nos ha llevado a una reducción alarmante, y de tremendas implicaciones,
de la tasa mundial de descubrimientos científicos.
Lamentablemente, son malas pero no nuevas noticias. En 2005, en uno de los estudios de mayor alcance sobre la evolución mundial de la tecnología,
y sorprendentemente poco divulgado, publicado en una de las principales
revistas académicas mundiales sobre tecnología y negocios, Jonathan
Huebner, un científico independiente, físico para más señas, demostró
con una elevada certeza, tal como refleja la figura adjunta a estas
líneas, que la innovación tecnológica radical, aquélla que tiene un
amplio impacto socioeconómico capaz de producir hitos en el desarrollo y
el progreso de la humanidad, tuvo su “pico” en 1873 [sic], año desde el
cual la tasa mundial de innovación radical no ha parado de declinar.
Evidentemente, estos resultados no agradaron nada en determinados
círculos próximos a la industria, y los resultados de Huebner han
intentado ser contrargumentados y refutados en numerosas ocasiones desde
su publicación, aunque con bastante poco éxito.
De ser ciertos y consistentes, como parecen, la experiencia e intuición
de Andre Geim solo vendría a ratificar una tendencia bastante más
pesada que “unas cuantas décadas”.
Por si el escenario que describen tales investigaciones y casuística
no fuese suficientemente gris, un número creciente de científicos e
intelectuales se aproximan, cada vez más, a esta perspectiva de nuestra
realidad, llegando incluso más lejos al plantear una hipótesis más
sobrecogedora: no se trata sólo de que la tasa de descubrimiento
científico haya disminuido, y sea menor por tanto, sino que la cantidad
absoluta de progreso científico en su conjunto puede bien ser inferior a
medida que trascendemos en el tiempo. Es la hipótesis que mantienen y
argumentan fundadamentadamente el doctor en medicina y profesor de psiquiatría evolutiva en la Universidad de Newcastle, Bruce Charlton, o el analista de sistemas cibernéticos y programador de software Anthony Burgoyne, entre otros, además de ofrecernos innumerables claves y pistas sobre cómo hemos llegado a esta situación.
Según Charlton, la clave se encuentra, de nuevo, en una
mercantilización del conocimiento científico que ha incentivado una
“profesionalización” de la ciencia y del trabajo científico, y generado
un oportunismo colectivo que ha llevado a convertir en “papel moneda” la
publicación de artículos intranscendentes en las revistas académicas,
confundiendo colectivamente el verdadero crecimiento del conocimiento y
avance científico con una mera expansión de “chismes y cosas sin valor”
[sic].
Esto mismo es lo que estamos presenciando, observando y denunciando algunos en nuestro contexto nacional,
soportando de cerca, a la vez, el oportunismo y la arrogancia de muchos
cuyo único fin parece ser medrar en la carrera universitaria y/o
política, y de una gran mayoría que aspira simplemente a mantener o
mejorar su statu quo. Mientras se reduce la financiación a la universidad y a los centros de investigación públicos, como el CSIC, joya de nuestra corona de la investigación,
se gratifica a las universidades privadas, con una prácticamente nula
capacidad de investigación, y se aprovechan los recortes para conceder
un papel más determinante aún en toda la actividad universitaria a la
evaluación de la actividad investigadora del personal universitario, que
en España se realiza desde hace años mediante los llamados sexenios
(complementos salariales que nacieron para retribuir la productividad
investigadora, y que han acabado convirtiéndose en medida de su
“calidad” y requisito de promoción y desarrollo de carrera) y los
procedimientos de acreditación que llevan a cabo la ANECA (Agencia
Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación) y las agencias de
evaluación autonómicas.
Sin ambages, soy totalmente partidario de que se evalúe la actividad
docente e investigadora de los universitarios y científicos,
funcionarios o no, pero no de que dicha evaluación se convierta en un
elemento de control político oscuro y discrecional que incentive y
legitime el “sálvese quien pueda” y que castigue a cualquiera cuya
motivación sea el mero placer del descubrimiento científico y el avance
de la ciencia por encima, y más allá, del valor económico inmediato o la
“conveniencia” de los resultados de la investigación.
Además de contribuir a una enorme burbuja de previsibles
consecuencias, tal control político, mercantilización y perversión de la
ciencia y del proceso científico produce paradojas significativas. Como
apunta el profesor Juan Torres, la investigadora Saskia Sassen, que
recibió recientemente el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias
Sociales, una de las científicas más importantes de nuestra época, no ha
conseguido ningún sexenio, ninguna acreditación, frente a los criterios
de nuestras agencias de evaluación, que anteponen siempre el mismo
criterio, las publicaciones JCR (Journal Citation Reports) en los
últimos cinco años. Sassen no tiene ninguna, sino que ha publicado
libros e informes, fruto de proyectos de investigación de verdad y
referencias fundamentales para académicos comprometidos, y ha publicado
numerosos artículos en medios de gran difusión, pero se ha resistido a
la práctica de inflar su currículum con artículos estandarizados sin
interés ni lectores, más allá de círculos de amigos de citación mutua y
catedráticos con insaciables ansias de medrar al precio que sea.
Pero, cuando la burbuja científica estalle, ¿qué quedará tras la
explosión…? Como el profesor Charlton afirma, tal vez sólo la vieja
ciencia, la de una era en la que la mayoría de científicos eran al menos
honestos tratando de descubrir la verdad sobre el mundo natural.
En el mejor de los casos podríamos padecer un retroceso científico de
varias décadas más que de unos pocos años, pero probablemente sea
bastante peor que eso…
José Anastasio Urra Urbieta es Profesor Titular en la Facultad de Economía de la Universitat de València.
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Fracking: fractura geológica, fractura económica, fractura ecológica y fractura social…
ATTAC Castelló no se identifica necesariamente con los contenidos publicados, excepto cuando son firmados por la propia organización.
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