¡No nos toquen las pensiones!
¿Reformar las pensiones? La gente ya no se cree los eufemismos con
que otrora los políticos del bipartidismo neoliberal engañaban a los
ciudadanos. En el contexto de una estrategia política que utiliza la
crisis financiera creada por los excesos del capitalismo globalizado
como coartada para ir desmontando el bienestar conquistado por los
trabajadores y los derechos democráticos extendidos a toda la ciudadanía
en general, hoy nadie ignora que cuando desde el gobierno se nos
presenta una “reforma” de las pensiones, no es para mejorarlas (que
falta haría), sino para recortarlas.
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El cinismo de nuestros gobernantes llega al colmo cuando se nos
quiere hacer tragar que los recortes son necesarios para sostener el
sistema de pensiones públicas. Nada más lejos de la realidad. El
principio de la sostenibilidad es un truco de trilero que conviene
desenmascarar:
1º Si se rebaja la cuantía de las pensiones hasta tal punto que una
buena parte de la población trabajadora y sus familias no tendrán en sus
contingencias sobrevenidas en el futuro. -la vejez o la enfermedad
entre otras- una renta pública que supla el nivel salarial de una
legalmente prolongada etapa de actividad laboral como la que por ley se
requiere para cobrar el 100% de la prestación (jubilación, invalidez,
etc.), lo que se está haciendo es, como afirma José Luis Monereo,
desnaturalizando el sistema público de pensiones que preveía el modelo
de Seguridad Social previsto en nuestra Constitución: “derecho a una
pensión digna”, “deber de los poderes públicos de garantizar y mantener
un sistema público de pensiones” para ello. No se recortan solo las
pensiones: se burla la Constitución, se convierte el sistema público de
pensiones en una especie de “caridad pública” que lo único que garantiza
es un mínimo de asistencia pecuniaria que no cubrirá ni los gastos más
elementales de supervivencia.
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2º Entonces los trabajadores que puedan, pagarán con parte de su
salario mientras trabajan, una cuota a un fondo de pensiones para
garantizarse individual o colectivamente (planes de empresa u otros),
pero de forma privada, un complemento que proporcione en el futuro
infortunio una pensión algo más digna que la que garantiza el sistema
público. Ese es el auténtico objetivo de la “reforma” de las pensiones
públicas: remercantilizar, devolver al mercado financiero (bancos y
aseguradoras privadas), las pensiones públicas, que suponen un suculento
bocado del PIB al que la voracidad depredadora del capital no quiere
seguir renunciando. Es un negocio demasiado rentable para renunciar a
él.
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3º Se argumenta la imposibilidad de mantener un presunto agujero o
déficit de la Seguridad Social, derivado de la diferencia entre los
ingresos (en cuarto menguante debido a la parálisis del modelo
productivo y al paro creciente) y los gastos (en cuarto creciente por el
llamado “efecto sustitución”, pues los nuevos pensionistas vienen con
unas bases reguladoras más cuantiosas por haber tenido en activo
salarios más grandes que los pensionistas fallecidos o rehabilitados
para el mercado laboral); además, el factor demográfico establece que
cada vez son menos los trabajadores que deben sostener las pensiones de
cada vez más pensionistas, y sobre todo en la próxima década en que se
incorporarán a la jubilación los hijos nacidos con el baby boom de la
época del desarrollismo franquista. Hasta el jefe del Gabinete Técnico
de CC.OO. ha picado con este argumento.
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El análisis demográfico no debe alimentar la falacia de la
insostenibilidad del sistema: ya lo desmontó Jesús Albarracín cuando los
bancos predicaban en 1994 un caos financiero de la Seguridad Social
para el 2004 todo lo más, que no se produjo, pues como previó nuestro
llorado compañero, el mercado iba a necesitar incorporar a los
inmigrantes y a las mujeres de forma masiva tal, que el modelo de
reparto del sistema de Seguridad Social público iba a tener superávits
como los que, en efecto, ha tenido hasta 2011 inclusive. La tesis es
bien sencilla: la sostenibilidad del sistema no depende del recorte de
la cuantía de las pensiones, sino de la salud que tenga el mercado de
trabajo, y la capacidad y vigor de nuestro modelo productivo. Esa es la
madre del cordero.
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También Vicenç Navarro desmonta con acierto esta agorera predicción:
si prevemos que el coste total de las pensiones va a darle bocados al
PIB de forma que del 10’1% que nos cuestan hoy, en 2030 puedan costarnos
un 10’4% (así lo afirma Edmundo Fayanas), lo que tenemos que prever es
un incremento de la productividad que compense este aumento; pero es que
además, se supone que una economía sana debe seguir en la senda del
crecimiento, de tal forma que si nos gastamos ese 10’4%, también el
89’6% restante habrá crecido en términos absolutos, de tal forma que
pueda seguir cubriendo con creces los demás gastos públicos del Estado,
incluso con mejoras considerables en otros ámbitos de la adecuación del
modelo social y productivo a las nuevas realidades del futuro. Así ha
venido sucediendo a lo largo de este siglo de existencia del sistema
público de pensiones en una economía desarrollada como la nuestra.
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Tenemos margen. Italia gasta un 15’3% de su PIB en pensiones, Francia
un 14’6%, y Finlandia un 12%%. Aún estamos dos puntos y pico por debajo
de la media de la UE. Pero es que además tenemos un Fondo de Reserva de
63.400 millones de euros, que pueden cubrir el déficit de al menos 5
años más (en 2012 el gobierno echó mano de unos 10.000 millones). ¿Para
qué es si no ese fondo previsto en el Pacto de Toledo? ¿O es que piensan
que España va a seguir en recesión económica más allá de 2019? Que lo
digan. Que el gobierno de Rajoy se atreva a decirnos que es incapaz de
idear (o de acometer) un plan para sacarnos de esta crisis en que nos ha
metido la codicia del capitalismo financiero. Que dimita y que pase
otro que sí sepa cómo cambiar el modelo productivo, crear empleo y
negarse a los recortes que nos impone la oligarquía político-financiera
de la troika, la UE, los grandes bancos y las multinacionales.
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4º La Ley de 1997 que desarrolla el Pacto de Toledo prevé que en caso
de insuficiencia financiera de la Seguridad Social para pagar las
pensiones, la Hacienda del Estado podrá realizar las aportaciones que se
acuerden “para atenciones especiales o resulten precisas por exigencia
de la coyuntura” (art.86.1.a). Lógico. Dependerá de la voluntad política
del gobierno. Si es una prioridad, lo hará, es legal desde que el
primer gobierno de Aznar así lo legisló. De recortar, que recorten
subvenciones a la Iglesia, al Ejército o al Rey y su familia, pero no a
las pensiones, ¿no?
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5º Menos se traga la ciudadanía esa burda coartada del informe de
“los expertos”. De todos es sabido que esos informes suelen contener las
conclusiones dictadas por quien los encarga. “Al menos ocho de ellos
están a las órdenes de las entidades a las que sirven” (FAES, BBVA,
Fedea, 2 de la CECA, Unespa, DVK, Caser, VidaCaixa…), ha dicho Cayo
Lara, con razón.
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La crisis en general es una gran estafa. Pero los recortes de las
pensiones presentes y futuras en concreto nos muestran la cara más
insensible y dura del capitalismo salvaje. Contra este atropello a la
sensibilidad y a la razón, todo bien nacido debe responder con la
movilización y la protesta, en la calle y en las instituciones. Sea del
color político que sea.