Eduardo Garzón
Con motivo de las reformas privatizadoras en el sistema sanitario de
la Comunidad de Madrid venimos escuchando a todo tipo de gobernantes,
tertulianos y otros defensores de lo indefendible una serie de alegatos
que aterrizan siempre en la misma frase: “No se están privatizando los
hospitales, sólo se está privatizando su gestión”. Y se quedan tan
panchos. Como si esa afirmación dejara zanjado el debate y no tuviese ya
sentido continuarlo. Tan satisfechos están con la supuesta fortaleza de
esa aseveración que no hay debate público en el que es difícil no
escucharla al menos una vez. Es como si se hubiese difundido como
consigna, como argumento irrefutable que demuestra que no se está
privatizando la sanidad, sino sólo una parte de ella. La estrategia
consiste en esperar que el interlocutor –que normalmente no sabe bien en
qué consiste el nebuloso concepto de “gestión”– crea que es una parte
poco importante de los servicios sanitarios.
Pero lo que ocurre –y es aquí donde reside el engaño– es que la gestión de un hospital público lo es todo. La
“gestión” es la asunción y ejercicio de responsabilidades sobre un
conjunto de actividades que incluye ni más ni menos que la preocupación
por la disposición de los recursos y las estructuras necesarias, la
coordinación de las tareas y la rendición de cuentas. Y con ello
abarcamos todo lo que es importante en un centro sanitario. Lo único que
nos dejamos fuera, lo único que no se privatiza, es la titularidad del
edificio y de una parte de las infraestructuras. ¡Vaya! Qué mala suerte; precisamente nos dejamos sin privatizar aquello que no da beneficios. Lo que es rentable se lo dejamos a unos pocos, lo que no es rentable nos lo quedamos.
Es como si tuviésemos un negocio de una panadería, y privatizásemos
“sólo” la actividad de comprar la harina, la sal y el agua, la de
contratar a los panaderos y dependientes, y la de hacer el pan, venderlo
y cobrarlo. Eso sí, el horno y el local donde se hace el pan no los
privatizamos y nos lo quedamos. Pero… ¿qué sentido tiene hacerlo si lo
verdaderamente valioso es el proceso de fabricar pan y venderlo y no el
espacio en el que se lleve a cabo?
La empresa privada que se hace con la gestión del centro sanitario lo
puede decidir todo: qué y cuántos medicamentos comprar y usar, qué y
cuántos profesionales contratar, cuánto van a cobrar estos profesionales
y cuánto tiempo van a trabajar, cómo van a estar organizadas sus
labores, qué y cuantas máquinas y utensilios van a utilizar, etc. Y lo más importante: todas las decisiones irán encaminadas a buscar el mínimo coste y el máximo beneficio. Porque
no podemos olvidar que una de las diferencias más importantes que
existe entre la gestión privada y la gestión pública es que la primera
busca el beneficio. Si para obtener lucro hay que pagar menos a los
trabajadores, comprar los medicamentos más baratos, tener menos
profesionales por enfermo, o mandar al paciente a casa aunque no esté
totalmente recuperado… se hace.
Por todo ello, lo que precisamente no queremos los defensores de la
sanidad pública es que se deje en manos privadas la gestión de los
hospitales, ya que este hecho es el que deteriora la calidad del
servicio y de las condiciones laborales (a costa de un excedente
monetario que va a parar a unas pocas manos). Que el edificio y las
máquinas sean de propiedad pública nos da igual, porque apenas cambia
nada. Lo que deseamos es que el servicio sanitario tenga como objetivo principal curar al enfermo,
y como objetivo secundario que no se consuman demasiados recursos en el
proceso; y no al revés como ocurre con la gestión privada.
La próxima vez que escuchemos la dichosa frase a la que nos tienen
acostumbrados, tenemos que hacerles saber que no nos van a engañar: que
se privatice “sólo” la gestión de los hospitales supone que unas pocas
empresas privadas se lleven la carne mientras nosotros nos quedamos con
los huesos.