El impuesto más injusto
Juan Francisco Martín Seco
Entre los acuerdos alcanzados en el marco del Pacto de Toledo se
encontraba el compromiso asumido por todos los firmantes de actualizar
las pensiones anualmente por el índice de precios al consumo. Aun cuando
todas las formaciones políticas presentaron ante la opinión pública
esta medida como muy positiva para los pensionistas y se vanagloriaron
de ella, lo cierto es que resultaba un poco cicatera, porque lo único
que garantizaba es que los jubilados no iban a perder poder adquisitivo,
pero se les negaba cualquier mejora derivada de la participación en la
productividad y en el crecimiento económico, a la que sin duda tienen
derecho en la misma medida que los asalariados y los empresarios. Al fin
y al cabo, la renta se incrementa por los trabajadores y por los
empresarios, sin duda, pero también por los hoy jubilados que en su día
pagaron impuestos con los que se han financiado los gastos en educación,
en infraestructuras, en sanidad, en justicia y en tantas y tantas cosas
que han colaborado a que la productividad vaya creciendo año tras año.
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Pero esta actitud adoptada por los firmantes del Pacto Toledo que hemos calificado de cicatera se torna carroñera y expoliadora cuando se pretende, como en la reforma prevista, que las pensiones ni siquiera mantengan su poder adquisitivo. La medida de no actualizar la prestación por el índice de precios es una confiscación y un atropello equivalente a gravar a los jubilados con un impuesto adicional progresivo sobre su pensión (progresivo no en el sentido de progresividad fiscal sino porque va a aumentar el tipo anualmente). En la hipótesis de que la inflación sea del 2% anual, el impuesto será del 2% el primer año, del 4% el segundo, del 6% el tercero, del 10% a los cinco años y del 20% a los diez años.
Pero esta actitud adoptada por los firmantes del Pacto Toledo que hemos calificado de cicatera se torna carroñera y expoliadora cuando se pretende, como en la reforma prevista, que las pensiones ni siquiera mantengan su poder adquisitivo. La medida de no actualizar la prestación por el índice de precios es una confiscación y un atropello equivalente a gravar a los jubilados con un impuesto adicional progresivo sobre su pensión (progresivo no en el sentido de progresividad fiscal sino porque va a aumentar el tipo anualmente). En la hipótesis de que la inflación sea del 2% anual, el impuesto será del 2% el primer año, del 4% el segundo, del 6% el tercero, del 10% a los cinco años y del 20% a los diez años.
Hace años en los libros de texto se solía afirmar que la inflación
era en definitiva un impuesto, y de los más injustos porque se suponía
que su coste recaía sobre los más humildes. Esta aseveración se suele
repetir aún hoy en día y con bastante ligereza en los medios de
comunicación social. La proposición tiene algo de verdad y mucho de
mentira. Se asienta sobre distintas suposiciones todas ellas muy
discutibles y, desde luego, en el momento actual falsas. Presupone que
la inflación está causada por la actuación del Estado al financiar su
déficit con la emisión de moneda. Pero hoy la creación del dinero
pertenece en primer lugar al Banco Central y, en segundo lugar pero en
mayor cuantía a las entidades financieras, y la financiación del déficit
público no tiene por qué ser -y la mayoría de las veces no lo es-
inflacionaria.
De hecho, ante el fenómeno de la inflación no tendría por qué haber
perdedores o ganadores si todos los precios y rentas (incluyendo
salarios y tipos de interés) se incrementasen en la misma cuantía. No
obstante, esta teórica neutralidad casi nunca se da en la realidad, con
lo que los distintos agentes económicos ganarán o perderán en el reparto
de la renta nacional según hayan evolucionado sus ingresos y sus
activos y sus pasivos respecto a los incrementos de precios.
La inflación perjudicará a los acreedores y beneficiará a los
deudores, a no ser que en la determinación del tipo de interés se haya
tenido en cuenta la tasa de inflación prevista; y la remuneración de los
trabajadores reducirá su participación en la renta nacional en
beneficio del excedente empresarial siempre que los costes salariales
unitarios crezcan menos que los precios. En todos estos casos no podemos
hablar de la inflación como un impuesto, sino más bien como un factor
que traslada rentas de unos colectivos a otros.
Cosa muy distinta es el efecto sobre la retribución de los empleados
públicos y las pensiones. Aquí siempre que no se actualizan por la tasa
de inflación podemos hablar claramente de un impuesto, ya que en
términos reales hay una transferencia de renta de estos colectivos a la
hacienda pública.
Existe una especie de ilusión monetaria referente a la inflación y al
presupuesto. Durante los años en los que en noviembre era obligatorio
actualizar las pensiones por la desviación de la tasa de inflación se
podían leer en la prensa titulares de este tenor: “La desviación del IPC
costará más de x millones de euros en pensiones a las arcas públicas”.
Subliminalmente se vertía la tesis de que la actualización de las
pensiones crea problemas en el presupuesto. Se ocultaba que si una
inflación mayor que la prevista incrementa el gasto público en
pensiones, incrementa también y, seguramente en mayor medida, los
impuestos, entre ellos las cotizaciones sociales, al ser el PIB nominal
también mayor. Luego la desviación en la tasas de inflación no incide
negativamente en el déficit publico sino todo los contrario.
Por la misma razón, si en el futuro no se produce tal actualización,
el Estado obtendrá un beneficio a costa de los pensionistas. La
recaudación fiscal se actualiza automáticamente de acuerdo con la subida
de los precios. ¿Por qué no incrementar las prestaciones de los
jubilados en la misma cuantía? La pretensión actual del Gobierno, y
aplaudida por los expertos gubernamentales, de no actualizar las
pensiones de acuerdo con el índice del coste de la vida constituye un
verdadero expolio. ¿No es este el gravamen más injusto que puede
aprobarse? ¿A quiénes se quiere destinar el trozo de tarta (renta) que
se pretende quitar a los pensionistas?
En la actualidad, la sociedad se ha vuelto hipersensible en materia
impositiva. Existe una repulsa generalizada y muchas veces injustificada
a cualquier tipo de imposición. El Gobierno no se cansa de prometer
que, en cuanto pueda, bajará los impuestos, en la creencia de que la
medida será bien recibida por los electores, pero al mismo tiempo se
plantea crear el tributo más inicuo que se pueda imaginar puesto que
incide sobre el colectivo más débil, los pensionistas, y es de tal
magnitud que promete condenar a medio plazo a la pobreza extrema a la
mayor parte de este colectivo.
Artículo publicado en República.com