Eduardo Garzón
Con motivo de las reformas privatizadoras en el sistema sanitario de
la Comunidad de Madrid venimos escuchando a todo tipo de gobernantes,
tertulianos y otros defensores de lo indefendible una serie de alegatos
que aterrizan siempre en la misma frase: “No se están privatizando los
hospitales, sólo se está privatizando su gestión”. Y se quedan tan
panchos. Como si esa afirmación dejara zanjado el debate y no tuviese ya
sentido continuarlo. Tan satisfechos están con la supuesta fortaleza de
esa aseveración que no hay debate público en el que es difícil no
escucharla al menos una vez. Es como si se hubiese difundido como
consigna, como argumento irrefutable que demuestra que no se está
privatizando la sanidad, sino sólo una parte de ella. La estrategia
consiste en esperar que el interlocutor –que normalmente no sabe bien en
qué consiste el nebuloso concepto de “gestión”– crea que es una parte
poco importante de los servicios sanitarios.
Pero lo que ocurre –y es aquí donde reside el engaño– es que la gestión de un hospital público lo es todo. La
“gestión” es la asunción y ejercicio de responsabilidades sobre un
conjunto de actividades que incluye ni más ni menos que la preocupación
por la disposición de los recursos y las estructuras necesarias, la
coordinación de las tareas y la rendición de cuentas. Y con ello
abarcamos todo lo que es importante en un centro sanitario. Lo único que
nos dejamos fuera, lo único que no se privatiza, es la titularidad del
edificio y de una parte de las infraestructuras. ¡Vaya! Qué mala suerte; precisamente nos dejamos sin privatizar aquello que no da beneficios. Lo que es rentable se lo dejamos a unos pocos, lo que no es rentable nos lo quedamos.