Carlos Martínez
Politólogo y activista social
El paro que sufrimos ya sabemos que es alarmante y sus cifras
escandalosas son la demostración de un fracaso. Del fracaso de las
políticas neoliberales y de los economistas neoclásicos. Fracaso de las
imposiciones de la Troika y fracaso de las llamadas reformas laborales,
es decir facilidades de despido y limitaciones antidemocráticas de la
libertad sindical.
Es muy alarmante comprobar que los últimos datos y encuestas serias
sobre las cifras del desempleo indican que este se dispara en el sector
industrial, siendo éste en estos meses el que más paradas y parados
aporta. Un país que presume de desarrollado sin base industrial es como
un jardín sin flores. Sencillamente no se sostiene.
¿Quiénes son los culpables del desierto industrial? En primer lugar
los poderes financieros y las grandes empresas que controla la
oligarquía rentista y la bancaria españolas. Ellos saben que invertir en
industria y más en industria sustentable y medioambientalmente
respetuosa, es una inversión que no produce efectos inmediatos, no es
especulativa y necesita trabajadoras y trabajadores cualificados. Por
tanto, no les interesa, pues además exige innovación constante y pensar.
En segundo lugar la Unión Europea “alemana” que sufrimos, obligó a
cerrar todo el sector público de la industria pesada, prohibió las
ayudas públicas al mantenimiento del empleo y de la minería en beneficio
de los inversores centroeuropeos en su tarea de deslocalizar toda la
industria europea, fundamentalmente del sur de Europa. Carlos Solchaga
fue un campeón de los cierres empresariales, desmontar el sector público
industrial y Felipe González el más decidido “privatizador” de todos
los tiempos contemporáneos en este Estado. Ese fue el precio de entrar
en Europa. España tenía playas y sol, un territorio estatal grande según
los parámetros europeos y cientos de miles de kilómetros en la costa
que colmatar y edificar. Para que se iba a producir.
En tercer lugar, José María Aznar, acabó de privatizar lo poco que
quedaba público. Hizo una apuesta de estado por convertir a Madrid en un
centro financiero internacional e invirtió en la ciudad manchega todo, a
costa del resto del Estado. En las zonas costeras se creó una riqueza
ficticia a base de construir y llenar de hormigón todo lo posible y lo
imposible, creando empleo en una construcción desaforada, cara, corrupta
y a su vez destructora de futuro. Aznar rescato el españolismo
papanatas, centralista y hortera, pero además, propició el egoísmo
social, creó un numeroso segmento de nuevos ricos e hizo creer que
éramos un reino poderoso. A costa de favorecer el crecimiento hoy, sin
pensar en el mañana y condenado este estado a volver a ser un país de
sol, pandereta y chiringuito. Pero sin tejido productivo. Rato, Álvarez
Cascos y otros merecen estar en el cuadro de honor.
Zapatero, ni supo, ni pudo. Llegó con la burbuja inmobiliaria en
pleno rendimiento y el estado chiringuito en pleno auge. Con grandes
constructores enriqueciéndose obscenamente, alcaldes con tasa y precio
en la frente, en demasiados municipios –no en todos- y la terrible y
traidora falsedad de que bajar impuestos era de izquierdas. Claro,
estalló la burbuja, como era no solo lo previsible, sino lo advertido, y
no supo qué hacer, pues muy pronto y gracias a sus rebajas impositivas
se encontró sin fondos. Zapatero, era un liberal tan honesto como mal
preparado que creía que un gobierno no debía intervenir en la economía.
Es decir el pobre hombre era cualquier cosa menos socialdemócrata. Pero
comenzó a recortar y de su mano el PSOE nos dejó la peor herencia, que
no es la del ladrillo pinchado, ese mérito en realidad es de Aznar y de
Rato, sino la modificación del artículo 135 de la Constitución, que pone
a los bancos y grandes acreedores extranjeros por encima de las clases
populares españolas y los derechos humanos. Claro que para eso contó con
el apoyo y asesoramiento de Miguel Sebastián y su gente, la ministra
Elena Salgado y por supuesto el aliento del poderoso Botín siempre en su
cogote.
Con Rajoy, la crueldad. El paro como problema a distorsionar y no a
combatir. Por supuesto nada de apoyar a los y las que lo sufrimos. Al
revés: webs de chivatos en lugar de empleo. Desmantelamiento de la
sanidad y la educación públicas y más paro despidiendo trabajadores y
trabajadoras públicos, de paso toda la pequeña empresa subsidiaria al
cierre.
Pero el desempleo es el éxito del Gobierno Rajoy y la gran patronal.
Por fin hay un “coco” con el que asustar. Por fin hay una excusa para
hacer gratuito el despido, rebajar los sueldos y tener seis millones de
personas-dicen que solo seis millones- dispuestas a conformarse con lo
que salga y a lo que paguen. Ya no somos clase trabajadora, mucho menos
clase obrera –eso requiere una conciencia y dignidad que hoy no existe- ,
no, ya somos mano de obra. Mano de obra barata y cualificada, en un
estado de la Unión Europea, que cada vez exige menos preparación a sus
“empleandos” y más sumisión. Por tanto yo acuso a los que han destruido
el tejido productivo y el sector público y yo acuso que el paro es un
buen negocio para la oligarquía rentista y financiera española.
Ahora, si analizamos qué fórmulas de reactivación de la economía
tiene la derecha española desde su atalaya madrileño, vemos que el
ladrillo vuelve a ser el reclamo, de ahí la modificación de la ley de
costas. Las grandes fábricas serán los casinos y muy pronto los
prostíbulos, si el ejemplo de La Junquera cunde. Todo se andará.
Turismo, ladrillo y juego. Es decir mafias, corrupción y sumisión.
Lo malo del paro, lo peor son sus víctimas. Lo peor, es que hemos
tolerado la construcción de una sociedad capitalista-consumista en la
que la mayoría de las personas paradas, no solo no son conscientes de la
terrible injusticia que sufren, sino que tampoco son capaces de ser
conscientes de su tremendo potencial movilizador si se unen y se ponen
en marcha.
No será fácil cambiar la tendencia. Pero mientras tanto vamos a
luchar por una renta social digna para las y los parados y olvidarnos de
programas de caridad y reparto de comida. Hay que propiciar, conseguir
un salario de la dignidad para las personas paradas en contra de su
voluntad. Lo demás, comedores de niños, almacenes de reparto, programas
que siempre se acaban otorgando a estructuras religiosas, no es sino una
tirita para un cáncer y claudicar ante el sistema. Con lo que han
robado los plutócratas y la corrupción tanto política como por parte de
los corruptores, habría ya más que suficiente para poner esta medida en
marcha. La solución no es volver a la leche en polvo y el queso de los
americanos, que se vivió en el franquismo. No, la solución temporal
mientras cambiamos tantas cosas y renacionalizamos, volvemos a levantar
un poderoso sector público, conseguimos la banca pública y la reforma
fiscal justa, es un salario digno para personas paradas.
Hay que recuperar tantas cosas. Hay que volver a los pueblos y acabar
con esta sociedad loca e insostenible que nos han creado. Hay que
resistirse a ser el prostíbulo de toda la porción de mundo que esté a
menos de cuatro horas de avión. Hay que recuperar la dignidad. Hay que
vencerles y echarles, a ellos a los del 135, los de los sobres, los que
están al servicio exclusivo de los poderosos y los ricos, que son los
que sí se benefician de tanto paro.