Hasta los más ortodoxos defensores de la economía capitalista de mercado elaboran índices de bienestar alternativos al PIB. Fuente: The Economist
CARLOS JAVIER BUGALLO SALOMÓN
Licenciado en Geografía e Historia
Diplomado en Estudios Avanzados en Economía
Los economistas académicos tienen dos formas de considerar la
utilidad que proporcionan los bienes y servicios económicos. Una es
la medida del grado de satisfacción de los deseos o preferencias;
y la otra como felicidad, que es el enfoque fundado por
Bentham en el siglo XIX, con su ‘cálculo de felicidad’, en el
cual de suman los placeres y se sustraen las penas.1
En cuanto a la felicidad, siempre ha estado entre los grandes
objetivos de la humanidad. Los más tempranos mitos de la humanidad,
el mito del paraíso y el de la edad de oro, diseñan un estado
feliz.2
Y ya en la época contemporánea, se ha considerado que promover la
felicidad es una de las principales exigencias éticas que el
individuo demandará a la sociedad y al Estado. Incluso se llega a
hablar de la felicidad como un ‘derecho establecido’. Así,
en el preámbulo de la Declaración de Independencia de los EstadosUnidos (4 julio 1776), la búsqueda de la felicidad figuró entre los
derechos inalienables del hombre, entendida como bienestar del
individuo y prosperidad de la humanidad.3
La meta de la felicidad aparece por todas partes; no sólo en las
religiones, en la legislación o en la filosofía, sino también en
la poesía. Por ejemplo, Píndaro (el gran poeta de la Grecia
clásica) dejó testimonio en sus versos de las siguientes ideas:
- “La dicha de cada día siempre se presenta como bien sumo...” (Olímpica I).
- La dicha reside en poseer salud, bienes suficientes y fama (Olímpica V).
- Los caminos de la felicidad son muchos (Olímpica VIII)
- No hay dicha sin esfuerzo (Pítica XII)
- La felicidad no depende de tener muchas riquezas, sino de saber gozar de los bienes presentes (Nemea I)
- Es imposible alcanzar la felicidad completa (Nemea VII).4
Puede observarse que el pensamiento de Píndaro se diferencia
claramente con respecto de la concepción moderna de la felicidad,
basada en el hedonismo o búsqueda del placer como fin absoluto, ya
que el tipo de felicidad que él propone -y que podríamos denominar
de ‘heroica’-, depende del logro de la fama a través del
esfuerzo.
Por lo tanto, no hay una teoría de la felicidad que todos admitan
por igual.5
La tesis de que la felicidad es lo único bueno resulta demasiado
general si no se precisa su contenido concreto. Este contenido varía
de acuerdo con las relaciones sociales que lo determinan, y a cuyos
intereses responde. Es lo que vemos, al cifrarse la felicidad en la
contemplación en la sociedad esclavista griega, o en la posesión de
dinero en la sociedad burguesa moderna. Resulta así que la felicidad
no puede concebirse como algo abstracto al margen de unas condiciones
sociales dadas, y que estas condiciones no favorecen u obstaculizan
la felicidad en general, sino una felicidad concreta.6
Desde este punto de vista subjetivo, se ha comprobado que uno
de los principales cambios biológicos producidos por la felicidad
consiste en el aumento en la actividad de un centro cerebral que se
encarga de inhibir los sentimientos negativos y de aquietar los
estados que generan preocupación, al mismo tiempo que aumenta el
caudal de energía disponible. En este caso no hay un cambio
fisiológico especial salvo, quizás, una sensación de tranquilidad
que hace que el cuerpo se recupere más rápidamente de la excitación
biológica provocada por las emociones perturbadoras. Esta condición
proporciona al cuerpo un reposo, un entusiasmo y una disponibilidad
para afrontar cualquier tarea que se esté llevando a cabo y fomentar
también, de este modo, la consecución de una amplia variedad de
objetivos.7
Empero debe tenerse en cuenta que la felicidad y el goce, no obstante
ser en un sentido experiencias subjetivas, son ellos mismos el
resultado de acciones interdependientes de condiciones objetivas
y no deben ser confundidas con la mera experiencia subjetiva del
placer.8
Así, los economistas tratan en la actualidad de saber qué relación
hay entre el disfrute de determinados recursos y situaciones y el
grado de satisfacción de los individuos.
Fue Richard Easterlin el primer economista moderno que volvió a
examinar el concepto de felicidad, a partir de principios de 1970;
interés que se generalizó en la teoría económica a finales de
1990. En su estudio original, Easterlin reveló una paradoja que
despertó el interés en el tema, pero que sigue sin resolverse.
Aunque la mayoría de los estudios sobre países concretos encuentran
que las personas más ricas son, en promedio, más felices que los
pobres, los estudios entre países y a lo largo del tiempo encuentran
muy poca, o ninguna, relación entre el aumento de la renta per
cápita y los niveles medios de la felicidad. En promedio, los
países más ricos (como grupo) son más felices que los pobres (como
grupo); la felicidad parece elevarse con los ingresos hasta un cierto
punto, pero no más allá de él. Sin embargo, incluso entre los
países más pobres y menos felices, no hay una clara relación entre
el ingreso promedio y los niveles medios de la felicidad, lo que
sugiere que muchos otros factores -incluyendo los rasgos culturales-
están en juego.9
Los límites de las encuestas de felicidad
La economía de la felicidad evalúa el bienestar mediante la
combinación de técnicas de los economistas y psicólogos, y se basa
en nociones más amplias que la utilidad considerada por la economía
convencional. Este enfoque pone de relieve otros factores objetivos
que afectan al bienestar, además de los ingresos.
Las medidas de la felicidad se basan en los resultados de las
encuestas a gran escala, entre países y a lo largo del tiempo, de
cientos de miles de personas a las que se les pide evaluar su propio
bienestar. Las encuestas proporcionan información acerca de la
importancia de una serie de factores que afectan el bienestar,
incluyendo los ingresos, además de otros como la salud, el estado
civil, la situación laboral y la confianza ciudadana.
El enfoque se basa en las preferencias expresadas en vez de las
reveladas en el mercado. En efecto, las preferencias reveladas no
pueden evaluar plenamente los efectos sobre el bienestar de políticas
o mecanismos institucionales concretos que los individuos no tienen
poder para cambiar. Otra área en la que un enfoque de la elección
revelada es limitada y donde las encuestas de felicidad pueden
arrojar luz, es la de los efectos sobre el bienestar de las conductas
adictivas, como el tabaquismo y el abuso de drogas.10
Existe un consenso incipiente de que las encuestas de felicidad
pueden servir como una importante herramienta complementaria para la
política pública. Algunos estudiosos abogan por la creación de
cuentas nacionales de bienestar para complementar las cuentas de
ingresos nacionales. La nación de Bután, por su parte, ha
introducido el concepto de ‘felicidad nacional bruta’ para
reemplazar el producto nacional bruto como medida del progreso
nacional.
A pesar de las posibles contribuciones que la investigación sobre la
felicidad puede hacer a la política, un necesario sentido de la
precaución es necesario en la aplicación directa de los resultados,
tanto por los posibles sesgos en los datos de la encuesta y por las
dificultades asociadas con el análisis de este tipo de datos (en la
ausencia de controles para los rasgos de personalidad no
observables). Además, aunque las encuestas de felicidad a veces
producen resultados anómalos que proporcionan nuevos conocimientos
sobre la psicología humana -tales como la adaptación y
afrontamiento en situaciones de crisis económica-, no se traducen en
recomendaciones de políticas viables.11
El criterio de la felicidad como enfoque de optimización y
evaluación económica se basa en los estados emocionales positivos
del individuo entrevistado. Existen al menos dos razones para no
adoptar este enfoque de forma exclusiva. Una es que nuestro
conocimiento sobre los determinantes macrosociales de la felicidad y
la infelicidad está muy subdesarrollado. La segunda surge de la
necesidad de limitar el principio de felicidad por otros principios
morales, tales como la autodeterminación y la
autorrealización como fines en sí mismos.12
Moral, felicidad y bienestar
Por consiguiente, el concepto de felicidad hedonístico que manejan
los economistas resulta incompleto a la hora de establecer un ideal
moral. Para el filósofo Inmanuel Kant, que consideraba que como todo
el mundo busca necesaria e inevitablemente la felicidad, concluyó
que la búsqueda de la felicidad no puede resultar ni meritoria ni
virtuosa.13
Para otro filósofo, Spinoza, el placer no es el fin de la
vida, pero acompaña inevitablemente a la actividad productiva del
hombre.14
Actualmente se piensa que mientras que la mayoría de las emociones
son reacciones bien circunscritas a acontecimientos específicos, la
felicidad es el modo en que evaluamos la vida como un todo, o
significativos aspectos de la vida (tales como la familia y el
trabajo) que tienen un marcado impacto sobre la vida como un todo.
Con la felicidad, la implicación es que las cosas van bien en el
mundo, incluso si, como es a veces el caso, temporales desgracias
deben ser soportadas.15
Es por ello que algunos autores distinguen la felicidad del
bienestar. Y si bien puede haber bienestar sin felicidad, no puede
haber felicidad sin bienestar. Como ya señalaba Aristóteles, los
que dicen que el ser humano bueno puede ser feliz incluso padeciendo
tortura e infortunio, no saben lo que dicen. El concepto (de origen
religioso) de una felicidad ajena al bienestar juega un papel
ideológico –en la acepción peyorativa marxiana de esa palabra- de
consuelo ilusorio por la desgraciada situación real y de alienación
encubridora, que impide tomar conciencia de esa situación y
superarla.16
También se ha afirmado que “El hombre sólo puede conquistar la
felicidad y la perfección auténticas cuando asocia su propia
felicidad y perfección con las de otros.”
17
Por consiguiente la igualdad en la felicidad parece, prima
facie, un objetivo plausible.
1
Marc Fleurbaey: Théories économiques de la justice,
París, ed. Economica, 1996, pp. 126 y s.
2
Klaus Hammacher: “Felicidad”, en AA.VV.: Conceptos
fundamentales de filosofía, Barcelona, ed. Herder, 1978, vol.
II, p. 108.
3
Agustín Domingo: “Felicidad”, en Adela Cortina
(dir.): 10 palabras clave en Ética, Estella, ed. Verbo
Divino, 1994, pp. 130 y s.
4
Píndaro: Odas y fragmentos, Barcelona, ed. Gredos,
2002.
5
Carlos Díaz: Eudaimonía. La felicidad como utopía
necesaria, Madrid, ed. Encuentro, 1987, p. 183.
6
Adolfo Sánchez Vázquez: Ética, Barcelona, ed.
Crítica, 1978,p. 150.
7
Daniel Goleman: Inteligencia emocional, Barcelona, ed.
Kairós, 1997, p. 27.
8
Erich Fromm: Ética y psicoanálisis, México, ed.
Fondo de Cultura Económica, 1965, p. 175.
9
Carol
Graham:
“Happiness, economics of.”, en Steven
N. Durlauf y
Lawrence E. Blume (eds.):
The
New Palgrave Dictionay of Economics Online, Palgrave
MacMillan, 2008. Disponible
en: <http://www.dictionaryofeconomics.com/article?id=pde2008_H000015>
10
Carol Graham: ibídem.
11
Carol
Graham: ibídem.
12
G. Peter Penz: Consumer
sovereignty and human interests,
Cambridge, Cambridge University Press, 1986, p. 164.
13
Esperanza Guisán: Ética sin religión, Madrid, ed.
Alianza, 1993, p. 112.
14
Erich Fromm:
op. cit.,
p. 178.
15
James Averill y
Thomas A. More: “Happiness”, en
Michel Lewis y Jeannette M. Haviland:
Handbook of Emotions,
New York, The Guilford Press, 1993, pp. 617 y s.
16
Jesús Mosterín: Racionalidad y acción humana,
Madrid, ed. Alianza, 1987, p. 102.
17
Marek Fritzhand: “El ideal de hombre según Marx”, en
Erich Fromm: Humanismo socialista, Buenos Aires, ed.
Paidos, 1966, p. 40.