Sandra Soutto.
Que no haya empleo no significa que no haya trabajo.
Que no haya empleo no significa que no haya trabajo.
No
nos podemos dejar llevar por las alegrías de los leves repuntes de
algunos de los indicadores económicos que nos alarmaban al comienzo
de la crisis en España (paro, deuda
y renta per capita),
y en la UE (paro, deuda
y renta per capita), pues no sólo no han mejorado sino que han empeorado.
Lo cierto es que las políticas económicas aplicadas por los distintos gobiernos en
busca del crecimiento y la expansión económica han fracasado. En
cambio, han conseguido convertir el trabajo asalariado en un
privilegio.
A
la vista está, España vuelve a ser el líder de la Unión
Europea en paro juvenil con una tasa de 53,8 %, me refiero a los menores de 25 años. Tenemos 842.000
jóvenes sin empleo en España, y de acuerdo con los datos
facilitados por la oficina de estadística comunitaria (Eurostat),
en términos generales, España se mantiene en el segundo puesto de
la Eurozona,
detrás de Grecia, con una tasa del 24,5%, frente al 11,5%
de la Eurozona o al 10,2% de la UE de los 28.
En este contexto de escasez de trabajo asalariado, nuestra sociedad ha dejado de hablar de trabajo para hablar de empleo, haciendo hincapié en el valor de quien emplea, de quién elige entre un ejército de parados a quién le corresponderá beneficiarse de unos derechos laborales y sociales, y de las garantías que proporciona un trabajo asalariado, en contra del trabajo reproductivo (necesario para mantener la fuerza de trabajo), que hasta ahora ha carecido de retribución y ha sido desempeñado mayoritariamente por mujeres.
La
creciente pérdida del trabajo asalariado y la precarización de las condiciones laborales, ha empujado a nuestros parados al
autoempleo, a la economía sumergida y a la búsqueda de una
oportunidad fuera de las fronteras españolas.
No
es posible seguir aplicando políticas de austeridad procíclicas, en
búsqueda del crecimiento económico, cuando la realidad impone el
desarrollo de políticas de aumento del gasto público que estimulen
la demanda interna mediante la creación de empleo.
¡Hay
trabajo! Si observamos nuestro entorno veremos que hay mucho por
hacer, y se trata de trabajos necesarios para la sociedad en la que
vivimos. Es más, yo diría que son trabajos imprescindible para el
mantenimiento de la vida en nuestro planeta, y una fuente de riqueza,
y en la medida en que éstos no sean rentables para la empresa
privada deberá ser el Estado el encargado de satisfacer esas
necesidades sociales no cubiertas. Me refiero a trabajos como la
limpieza de nuestros bosques (importante para evitar incendios y
facilitar la reproducción), la reforestación, el cuidado de
dependientes (hasta ahora desempeñado exclusivamente por la
población femenina de forma gratuita), la gestión de comedores
públicos, el mantenimiento del medio urbano y el desarrollo de las
zonas rurales. Trabajos cuyo denominador común es garantizar la vida y la
subsistencia, y en los que podrían incluirse las actividades relacionadas con la economía social o tercer sector. Ya va siendo hora de que midamos la productividad en
términos vitales, como la salud, la educación y la felicidad.
Ahora
bien, la creación de empleo debe estar condicionada:
Primero,
por los límites físicos que nos impone el planeta, para poder
realizar una asignación democrática y justa de los recursos. Y en
este sentido, no podemos olvidar que las actividades productivas
limpias son intensivas en mano de obra y favorecen la reactivación
de la economía local.
Segundo,
por una sociedad responsable del bienestar y de la reproducción
social, que impone un reparto de las horas de trabajo remunerado
equitativamente entre hombres y mujeres.
Tercero,
por la distribución de la riqueza, como única posibilidad de
justicia social en contra de la acumulación.
Este
trabajo productivo y no rentable para la iniciativa privada debería
ser repartido por el Estado entre nuestros parados, a través de los
distintas administraciones que lo componen (otra fuente de creación
de empleo). A su vez, debería garantizarse un salario y unas
condiciones de trabajo dignas a todo aquél que quiera trabajar
(trabajo garantizado). Evidentemente, se deberían adoptar medidas
transitorias que faciliten la formación y la integración de los
desempleados, y sin duda el salario social es una herramienta muy adecuada.
Los
niveles de pobreza y desigualdad alcanzados en España exigen que el
Estado garantice unos servicios públicos mínimos a toda la
ciudadanía, sin importar el nivel de los ingresos de que se disponga
ni tampoco el de aquellos con los que convivan (renta básica en servicios: salud, educación, transporte, vivienda
social), y a aquellas personas que por su condición de dependientes
no pueden realizar ningún trabajo, el Estado les debe garantizar su
subsistencia, mediante los subsidios necesarios (renta básica).
Como
ya se dijo en otro post de este blog, para garantizar el éxito de estas políticas
es necesario que el Estado tenga soberanía monetaria, y España no
la tiene; ya que necesita la autorización del Banco Central Europeo para emitir los euros que le permitirán
implementar las políticas de creación de empleo antes enumeradas.
Recordemos que esto ya ocurrió una vez, cuando el BCE autorizó a Irlanda a imprimir euros en la cuantía del 25% de su
PIB, para “la monetarización directa de la deuda bancaria”. Es
decir, no fue para beneficiar a la población precisamente, sumida en
una gran pobreza a causa de las políticas de austeridad impuestas
por la troika. ¿Por
qué no hacer lo mismo para crear empleo socialmente necesario?
Pero
ésto no es todo, España no puede hacer su propia política fiscal (distribución de los presupuestos del Estado, del gasto
público y sistema impositivo) como estime oportuno, ya que el Pacto de Estabilidad y Crecimiento de 1.997, el Pacto Fiscal Europeo (o Tratado de Estabilidad, Coordinación y
Gobernanza en la Unión Económica y Monetaria), y la reforma del artículo 135 de la Constitución Española, impusieron
límites al déficit presupuestario (3% del PIB) y al volumen de la
deuda pública (60% del PIB). Aunque, también debemos recordar que
dichos límites han podido ser burlados por Alemania y Francia cuando
han querido estimular su empleo.
En
esta situación, el Estado español necesita los impuestos para
financiar el gasto público: no tiene otra opción. Pero la
recaudación de los impuestos, si bien aumentan los recursos
disponibles del Estado, reducen la capacidad de compra de la
ciudadanía y por tanto, reducen la demanda interna. Por eso, la
distribución del gasto es una pieza fundamental en este esquema, ya
que mediante la inversión de los recursos públicos en prestaciones
y servicios, el Estado asegura una satisfacción mínima de
necesidades a toda la población, evitando la discriminación y la
arbitrariedad.
Ahora
bien, esos impuestos han de ser justos, es decir, cada ciudadano debe
contribuir en función de su capacidad (impuestos
progresivos), y por tanto el que más tiene debería contribuir más
a la financiación del Estado y no al revés, o como pretende el
gobierno con la actual reforma fiscal, exigiéndole más a la clase
media, ni que buscara su extinción. Entre
otras cosas, deberíamos volver a calcular las deducciones sobre la cuota del IRPF, no sobre la base imponible como se hace actualmente, con el efecto de que en la
deducción por descendientes los hijos de los ricos valen más que los de los pobres. Deberían
eliminarse también, deducciones como la practicada por declaración conjunta,
dirigida a potenciar que las mujeres nos quedemos en casa para mantener
el patriarcado. Parece
oportuno recordar, que los ricos no crean empleo, pues, sólo buscan
la acumulación de
la riqueza, y
su consumo se dirige a productos de lujo, normalmente de importación
(me
remito al post de este blog titulado LOS RICOS NO CREAN EMPLEO).
Pero además, este sistema impositivo ha de ser generalizado para
evitar los altos niveles de economía sumergida que imperan en
España, cuyos
protagonistas no son otros que la población socialmente
desprotegida.
Además, la base de la recaudación impositiva debería ser el
impuesto sobre la renta (imposición directa) y no sobre el consumo
(imposición indirecta, como
el IVA),
ya que este último no discrimina entre los que más tienen y los que
no, impulsando
a la
economía sumergida, y
contribuyendo decididamente a una disminución de la recaudación
impositiva.
Por
otra parte, la lucha contra el fraude fiscal es una cuestión de
justicia social y no recaudatoria, no nos olvidemos que el superávit privado se consigue mediante el déficit público, y
que el superávit público se consigue en detrimento del ahorro
privado. Es decir, una mayor recaudación impositiva drenaría los
recursos disponibles de la economía privada y provocaría una
disminución de la demanda interna, por tanto, subir los impuestos es una política económica procíclica, que lejos de solucionar los problemas de desempleo, los agravaría.
La
reactivación económica no sólo requiere de unas políticas
económicas anticíclicas, sino también, de una reforma fiscal en profundidad que permita la expansión del estado de
bienestar a toda la población por igual, el desarrollo de los
servicios públicos, y la eliminación de cualquier tipo de
discriminación por cuestión de género, cultura y religión.
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