CARLOS JAVIER BUGALLO SALOMÓN
Licenciado en Geografía e Historia
Diplomado en Estudios Avanzados en Economía
Este enfoque de las políticas públicas considera que el respeto a
los individuos implica respetar sus preferencias. Pero a diferencia
del igualitarismo de los recursos, en el que se basa la propuesta de
la renta básica, postula la igualdad de las oportunidades.1
La crítica que se ha dirigido a los defensores de la igualdad de
recursos es semejante a la que Marx expuso en su momento: las
personas conformadas de manera diferente y situadas en diversos
lugares requieren distintas cantidades de recursos básicos para
satisfacer las mismas necesidades. Por lo tanto, uno no debe
preocuparse por los bienes como tales, sino de lo que los bienes
hacen por los hombres.2
Para entender este enfoque, empecemos por establecer algunas
definiciones. Una oportunidad es una ocasión de un agente, X,
de elegir obtener un objetivo, Ώ , sin la barrera de un obstáculo
Φ. Y la igualdad de oportunidades existe en todo lugar donde dos o
más personas tienen una ocasión de alcanzar un objetivo específico
sin ser estorbados por un obstáculo específico.3
Así pues, C le
da a X la oportunidad de alcanzar Ώ si elimina determinado
obstáculo Φ; y, por lo tanto, pone a X en condiciones de
obtener Ώ. Así pues, el hecho de que X obtenga Ώ depende
sólo de su habilidad natural y adquirida y de su esfuerzo. Entonces,
X y Q tienen igual oportunidad de vencer en una
competencia, si parten de la misma línea. Si X se encuentra
al principio atrás de Q, debe desplazarse hacia delante hasta
la línea común de partida para tener la misma oportunidad que Q.
El principio de la igualdad, o mejor dicho de la nivelación de
oportunidades, se ocupa por consiguiente de la redistribución del
acceso a las distintas posiciones de la sociedad, pero no de la
distribución de las posiciones mismas. La hipótesis consiste en
que, si todos tienen un punto de partida igual, la posición que
ocupen al final dependerá exclusivamente de la velocidad y de la
distancia alcanzada.4
En suma, la política de igualdad de oportunidades ‘nivela el campo
de juego’ de las oportunidades para que todos tengan el potencial
de lograr la igualdad de resultados.5
Sin embargo, la igualdad de oportunidades es un concepto ambiguo que comprende –según Allex Callinicos- al menos tres tipos distintos de igualdad. En primer lugar, puede significar simplemente la prohibición formal de la discriminación sobre la base de atributos distintos a los que son estrictamente relevantes para el puesto para el que se considera a los individuos afectados. La experiencia de los Estados Unidos a lo largo de la última generación, en la que el desmantelamiento de la segregación legalizada -como consecuencia del movimiento por los derechos civiles de los años sesenta- no ha producido ninguna mejora significativa global en la condición de la mayoría de los afroamericanos, indica que esa versión de la igualdad de oportunidades es compatible con la persistencia de las desigualdades estructurales.
En segundo lugar, la igualdad de oportunidades puede significar una meritocracia, en la que la distribución de la renta refleja el talento y el esfuerzo individuales. En una sociedad de este tipo, las recompensas se distribuyen de forma desigual, pero la competencia para acceder a esas recompensas está abierta.
En tercer y último lugar, la nivelación ‘profunda’ de las oportunidades requeriría una amplia igualación de los recursos para garantizar que la competencia esté de verdad abierta: pero la redistribución que se requiere es tan extensa que esta versión de la igualdad de oportunidades guarda escaso parecido con las otras dos.6
El principio de la igualdad de oportunidades es muy popular: por ejemplo, el liberalismo clásico apostó desde el principio por él. Sostenía el liberalismo que la igualdad de oportunidades se podía llevar a cabo a través de una asignación igual de los derechos fundamentales ‘a la vida, a la libertad y a la propiedad’. Sólo si se eliminan los privilegios y se establece una igualdad de derechos, no habrá ningún obstáculo en el camino de ninguno para que busque la felicidad con la habilidad que tiene para acceder a la posición adecuada a su máxima capacidad.7
En cualquier caso la igualdad de oportunidades, en el contexto de una economía de mercado, suscita numerosas objeciones:
Sin embargo, la igualdad de oportunidades es un concepto ambiguo que comprende –según Allex Callinicos- al menos tres tipos distintos de igualdad. En primer lugar, puede significar simplemente la prohibición formal de la discriminación sobre la base de atributos distintos a los que son estrictamente relevantes para el puesto para el que se considera a los individuos afectados. La experiencia de los Estados Unidos a lo largo de la última generación, en la que el desmantelamiento de la segregación legalizada -como consecuencia del movimiento por los derechos civiles de los años sesenta- no ha producido ninguna mejora significativa global en la condición de la mayoría de los afroamericanos, indica que esa versión de la igualdad de oportunidades es compatible con la persistencia de las desigualdades estructurales.
En segundo lugar, la igualdad de oportunidades puede significar una meritocracia, en la que la distribución de la renta refleja el talento y el esfuerzo individuales. En una sociedad de este tipo, las recompensas se distribuyen de forma desigual, pero la competencia para acceder a esas recompensas está abierta.
En tercer y último lugar, la nivelación ‘profunda’ de las oportunidades requeriría una amplia igualación de los recursos para garantizar que la competencia esté de verdad abierta: pero la redistribución que se requiere es tan extensa que esta versión de la igualdad de oportunidades guarda escaso parecido con las otras dos.6
El principio de la igualdad de oportunidades es muy popular: por ejemplo, el liberalismo clásico apostó desde el principio por él. Sostenía el liberalismo que la igualdad de oportunidades se podía llevar a cabo a través de una asignación igual de los derechos fundamentales ‘a la vida, a la libertad y a la propiedad’. Sólo si se eliminan los privilegios y se establece una igualdad de derechos, no habrá ningún obstáculo en el camino de ninguno para que busque la felicidad con la habilidad que tiene para acceder a la posición adecuada a su máxima capacidad.7
En cualquier caso la igualdad de oportunidades, en el contexto de una economía de mercado, suscita numerosas objeciones:
- Si nos limitamos a aceptar el mercado como juez exacto del mérito, podemos afirmar que la gente merece beneficiarse de toda clase de contingencias arbitrarias.
- ¿Qué ocurre en los casos en los que las recompensas del mercado y la contribución se mueven en direcciones opuestas: por ejemplo, los numerosos casos en los que el salario y las opciones sobre acciones de los ejecutivos aumentan de forma significativa aunque los resultados de sus compañías hayan empeorado en el periodo de referencia?
- ¿Qué ocurre cuando los individuos obtienen beneficios y rentas sin desempeñar ninguna función empresarial? 8
- ¿Quién decide el valor de los talentos del hombre? ¿Se puede medir por la demanda comercial los diferentes talentos de los hombres? Y si es así, ¿qué ocurre con el hombre cuyas especiales valías no son reconocidas por el público que las compra?
- Y lo más importante, ¿la desigualdad resultante, basada parcialmente en las desigualdades naturales y parcialmente en los caprichos de los consumidores, va a enterrar el ideal de la igualdad democrática, basada en una filosofía del valor humano igual que transciende tanto la naturaleza como la economía? 9
En suma, la doctrina de la igualdad de oportunidades es el producto
de una sociedad fragmentada y competitiva, una sociedad en la que el
individualismo es el principio ético reinante. Es una precisa
expresión simbólica del modelo liberal-burgués de sociedad, ya que
extiende la mentalidad mercantil a todas las esferas de la vida. Ella
ve la totalidad de las relaciones humanas como una contienda en la
que cada persona compite con el prójimo por unos bienes que se
consideran escasos. Esta doctrina, pues, parece defender la igualdad
pero en realidad sólo defiende el derecho igual a llegar a ser
desigual mediante la competencia de unos con otros.10
A pesar de las dificultades teóricas a las que se enfrenta, el
principio de igualdad de oportunidades también es asumido por los
partidarios del socialismo de la Tercera Vía, aunque con un nuevo
contenido. El líder británico Gordon Brown, por ejemplo, propuso
esta discutible hipótesis:“... cuando el éxito o fracaso de una economía depende del
acceso al conocimiento más que del acceso al capital, la liberación
individual surge de potenciar el valor del trabajo y no de abolir el
capital privado.”
De ahí que se vea en la provisión pública de educación y formación la forma más eficaz de facilitar la empleabilidad, concibiendo ‘el trabajo como camino a la oportunidad’. Esto es lo que otros han llamado ‘una cura de capital humano’.11
Por capital humano los economistas entienden el stock de habilidades y conocimientos productivos incorporados en las personas. La investigación empírica sobre de la conexión entre la educación, los ingresos y antedecentes familiares ha mostrado, efectivamente, una relación muy estrecha y sistemática entre el estatus y el nivel socioeconómico de los padres y los logros escolares y la terminación de niveles educativos de sus hijos. Estos resultados han estimulado la provisión pública de programas de desarrollo de los recursos humanos para los pobres. La lógica de estas políticas se basa en la tesis de que el ingreso de una persona en una economía de mercado refleja la cantidad de recursos que controla la persona y el valor de estos recursos. Las personas que están permanentemente pobres tienen menos habilidades y también habilidades de menor valor que los no pobres.12
Ahora bien, existe una voluminosa literatura sobre el impacto que la
educación tiene sobre el desempeño económico de los individuos.
Por un lado, numerosos estudios han intentado clarificar la conexión
existente entre el nivel de educación y el de las rentas
individuales. Todos ellos llegan a la constatación de que los
individuos que han recibido una educación superior tienden a
percibir rentas más altas, aunque para cada grupo de individuos que
poseen el mismo nivel educativo exista una fuerte dispersión de las
rentas en torno al valor central. Los factores que se han señalado,
además del educativo, para explicar esta dispersión son numerosos:
a) profesionales: situación del mercado, movilidad profesional,
grado de responsabilidad, etc; b) factores de origen: origen étnico,
social, localización geográfica, religión, profesión del padre,
etc.; c) factores propios del individuo: inteligencia, voluntad,
motivación, salud, etc.13
Por otro lado, ya en la década de 1970 se pudo constatar que el
desempleo juvenil de diplomados y graduados era:“... un fenómeno grave, amplio, permanente y en aumento en
todos los países capitalistas”; y de que cada vez era más
plausible “... la hipótesis de que la educación y la
escolarización en masa, que alguna vez representó un momento
funcional y subordinado a un cierto tipo de desarrollo económico
[...], se han transformado, en medio de una situación que ya no
garantiza suficientes salidas laborales y en la que la movilidad
social está bloqueada, en un elemento de desequilibrio del mercado
de trabajo, de tensión y de conflicto social.” 14
Así pues, la propuesta de la igualdad de oportunidades basada en el
apoyo público a la formación y educación popular, resulta a todas
luces un fraude ideológico y electoral.
De la misma opinión son los expertos en economía de la educación
Bowles y Gintis, para quienes la expansión de la instrucción
escolar ha tenido consecuencias imprevisibles e indeseables para las
élites capitalistas y profesionales. Las escuelas, por un lado, han
sido utilizadas para sofocar el descontento. Al incluir elementos
potencialmente extremistas en la sociedad, el sistema escolar ha
contribuido a extraer el aguijón político de conflictos sociales
fundamentales. Empero, la base de estos conflictos permanece en las
contradicciones subyacentes de la economía capitalista. Los
reformadores educativos en parte han tenido éxito en desplazar estos
conflictos, desviándolos del lugar de trabajo hacia el aula. Así,
las contradicciones del capitalismo frecuentemente salen a la
superficie como contradicciones dentro del sistema educativo. De modo
que el sistema educativo ha evolucionado en formas que intensifican y
politizan las contradicciones y conflictos básicos de la sociedad
capitalista.15
_________________________________________
NOTAS:
1
Daniel M. Hausman y Michael S. McPherson: El
análisis económico y la filosofía moral, Madrid, ed. Fondo de
Cultura Económica, 2007, p. 234.
2
G. A. Cohen: “¿Igualdad de qué? Sobre el bienestar, los
bienes y las capacidades”, en Martha C. Nussbaum y Amartya
Sen (comps.): La calidad de la vida, México, ed. Fondo
de Cultura Económica, 2002, p. 36.
3
Peter Westen: “The
concept of equal opportunity”, en Louis
P. Pojman y Robert Westmoreland (eds.): Equality,
New York, Oxford University Press, 1997, p. 166.
4
Felix E. Oppenheim: “Igualdad”, en Norberto Bobbio,
Nicola Matteucci y Gianfranco Pasquino (dirs.): Diccionario
de política, México, ed. Siglo XXI, 1998, p. 777.
5
John E. Roemer:
“Equality of opportunity”, en Steven
N. Durlauf y
Lawrence E. Blume (eds.):
The New Palgrave
Dictionary of Economics Online,
Palgrave Macmillan, 2008. Disponible en
<http://www.dictionaryofeconomics.com/article?id=pde2008_E000214>
6
Alex Callinicos:
Igualdad, Madrid, ed. Siglo XXI, 2003,
pp. 54 y s.
7
Felix E. Oppenheim:
op. cit.,
p. 777.
8
Alex Callinicos: op. cit., pp. 96 y s.
11
Alex Callinicos: op. cit., pp. 113, 114 y 123.
12
Sherwin Rosen:
“Human capital”, en Steven
N. Durlauf y
Lawrence E. Blume (eds.):
The New Palgrave…
Disponible en
<http://www.dictionaryofeconomics.com/article?id=pde2008_H000100>
13
Mauro Basiglio: Educación y desarrollo económico,
Barcelona, ed. Oikos-Tau, 1991, pp. 28 y s.
14
Mauro Basiglio: ibídem, pp. 37, 40 y s.
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